Miseria, gloria y agonía del petro-estado venezolano (IV)

por José Lastra Zorrilla

· La pervivencia del Estado Mágico

La aparición del petróleo como industria creó en Venezuela una especie de cosmogonía. El Estado adquirió rápidamente un matiz “providencial”. Pasó de un desarrollo lento, tan lento como todo lo que tiene que ver con la agricultura, a un desarrollo “milagroso” y espectacular.[…]Un candidato que no nos prometa el  paraíso es un suicida. ¿Por qué? Porque el Estado no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo magnánimo. […] El petróleo es fantástico y por lo tanto induce a lo “fantasioso”. El anuncio de que éramos un país petrolero creó en Venezuela la ilusión de un milagro.

José Ingacio Cabrujas

La situación actual de Venezuela realmente es desastrosa, pero probablemente lo más triste sea la utilización de esta tragedia con fines tremendamente dogmáticos y partidistas que se hace en el extranjero. La tesitura en la que se encuentra el país caribeño levanta pasiones en debates políticos, titulares de prensa, conferencias en universidades y hasta en comidas familiares. La aparente omnipresencia del “tema  Venezuela” quizá sea la característica más visible de la actual crisis que sufre el país con respecto a las que tuvo en el pasado. Probablemente esto tenga más que decir de los tiempos de incertidumbre política que vivimos y la dictadura de los ciclos informativos de 24 horas que de la propia situación en Venezuela. Lo que yo he querido ilustrar es que tanto en la crisis de hoy, como en las diferentes crisis del Estado gomecista, perezjimenista y puntofijista, la pervivencia del petro-Estado y su subordinación a un mercado global de mercancías son el hilo que zurza el tapiz de esta historia. Tanto la dependencia de Venezuela del petróleo y su situación dentro del contexto de un capitalismo global como nación abastecedora de crudo no han cambiado. Podría decirse que se ha intensificado con respecto al pasado. La deriva “autoritaria” y la concentración del poder en el ejecutivo también es algo que ya se ha podido observar durante la presidencia de Rómulo Gallegos en el trienio adeco (1945-48) y en el unilateralismo industrializador de Carlos Andrés Pérez. El problema es que enmarcar el “estado mágico” como punto de referencia para cualquier análisis acerca de la formación de una sociedad subsidiaria de un capitalismo de estado rentista en Venezuela no gusta, porque encaja demasiado bien. Por un lado, aquellos que se consideran fervientes partidarios del movimiento bolivariano jamás serán capaces de admitir que las prácticas políticas Chavistas encajan perfectamente dentro de un marco histórico de corrupción, presidencialismo o grandes promesas de futuro que harían parecer a Hugo Chávez un heredero de Carlos Andrés Pérez o Rómulo Betancourt. Por otro, aquellos que se consideran firmes detractores del chavismo y partidarios de un retorno a una “democracia real” están ciegos a la historia de concentración de poder en el estado rentista y la monopolización de los caudales petrolíferos con fines partidistas.

Aun así, se podría alegar que tanto las administraciones de Chávez como Maduro han supuesto algún cambio para la sociedad venezolana. Mientras que a nivel estructural no han existido cambios, a nivel político y sociológico sí que existen diferencias superficiales. El contexto histórico-político, como hemos señalado, es clave para entender estas transformaciones. Es en un momento de hartazgo de las promesas hechas durante el auge del libre mercado y la concepción individualista de progreso cuando nace el Chavismo. En una coyuntura de capitulación total al capitalismo por parte de  la izquierda, aparece la figura del Chávez encarnando el espíritu del «revolucionario romántico» desafiante a políticas “imperialistas” como habían hecho antes figuras como Fidel Castro, Ho Chi Minh o Mao Tse Tung. De esta forma, la revolución bolivariana dejó de ser un fenómeno nacional para convertirse en una vía de progreso mundial de referencia para todas las izquierdas como modelo «alternativo» al capitalismo. Podría decirse que, la magia que conjuró Chávez para crear su ilusión sacudió las cadenas que tenía dentro de la nación venezolana y consiguió encandilar al mundo entero con sus promesas de desarrollo colectivo, justicia social y de devoción como política. Sin embargo, cuando se consigue romper el hechizo, la realidad resulta mucho más decepcionante ya que, subyaciendo a todas estas proclamas, nos seguimos encontrando con la pervivencia del capitalismo y sus viejas dinámicas sin ningún tipo de obstrucción.

A lo largo de estos artículos es posible que haya esbozado un dibujo donde la figura del petro-estado logre parecer una fuerza histórica independiente que va utilizando diferentes administraciones para su propio desarrollo. Realmente no es mi intención dar una imagen tan determinista de la historia de Venezuela, no quiero que el petro-estado se convierta en un locus, es decir, una explicación retórica para explicar los problemas del país. Los protagonistas de esta historia tienen agencia propia, sin embargo, ignorar por completo como la constitución de semejante estado limita el rango de maniobrabilidad de las configuraciones burguesas dentro del territorio político y económico tampoco es productivo. ¿Podría Venezuela haber tenido un transcurso diferente al actual, aun habiéndose basado en una economía de exportación de crudo?. Puede ser, pero aun así nos olvidamos de un par de detalles importantes dentro de esa pregunta. En primer lugar, Venezuela se encuentra dentro de las naciones del Sur Global que tienen características sociológicas diferentes a lo que llamamos “el primer mundo”. Dentro de estos países, el legado colonial y posición periférica durante el auge del mercado capitalista global han hecho que se tenga, por lo general, una visón tremendamente bipolar de lo primitivo y lo moderno. Esta dicotomía suele conducir a políticas que enfatizan una por lo general una concepción nacional tremendamente fetichista de lo moderno. Incluso con administraciones que hacen gala de sus políticas «anti-imperialistas” como la de Chávez y Maduro, la necesidad de hacer referencia constante al “imperialismo” como causa de las crisis y su visión victimista de su propia historia hace que siga cayendo en el mismo discurso colonial que tanto intentan combatir. En segundo lugar, la economía del estado petrolero perpetúa una dinámica de acumulación de rentas, obtenidas mediante la mercantilización de la naturaleza del país, dependiente de un mercado internacional de circulación de capital, regido por las grandes potencias económicas. Volviendo a Chávez y a Maduro, esto evidencia la verdadera carencia revolucionaria que tiene su propio proyecto socialista. En este sentido, la experiencia bolivariana no deja de ser la continuación del “socialismo en un solo país”, una que siempre ha tenido amargos resultados. En tercer lugar, naciones como Libia, Arabia Saudí, Venezuela y, en menor medida, Irán, han dependido de una red de importaciones para el desarrollo normal de sus economías. Esta dependencia de importaciones ha puestos serios obstáculos a la hora de generar una industria nacional independiente del crudo[1]. En el caso de Venezuela, los repetidos intentos fallidos de canalizar los beneficios del crudo para crear una economía independiente demuestran la existencia de serias fallas estructurales.

En lo concerniente a la situación actual, considero que es tremendamente hipócrita impugnar la figura de Maduro mientras se sostiene la excepcionalidad del Chavismo. Nicolás Maduro, en la actual tesitura, no deja de ser un prisionero de los designios de Chávez. El incremento de la dependencia de las exportaciones de crudo, las fugas de capital, el presidencialismo, la inflación y la corrupción, ya eran problemas crónicos antes de la muerte del Chávez. Si en un futuro la oposición consigue desbancar al Chavismo, es muy poco probable que las dinámicas históricas del petro-estado Venezolano cambien sustancialmente. Es posible que el país experimente una notable mejora en términos de indicadores económicos y se pongan en marcha planes para “modernizar” la nación, auspiciados por la asistencia de la comunidad internacional y un posible repunte en el valor del crudo, pero este nuevo gobierno adolecerá de la continuación de los errores del Estado puntofijista. Lo que se puede decir ahora es que parece que la crisis ha pasado su punto de inflexión, con la incesante instigación internacional a un conflicto armado, que resulta completamente irresponsable, tanto por parte de EE.UU como por parte de la Unión Europea. La hipocresía por la cual se rechazan unas elecciones que, más que tener un veredicto de ilegitimidad claro tienen una legitimidad cuestionable, se hace visible cuando uno recuerda el apoyo internacional que se dieron a los fraudulentos procesos electorales de México en 2012 o de Haití en 2015. Las acusaciones de violencia y represión que se lanzan al gobierno bolivariano también resultan risibles cuando uno observa cómo se ignoraron eventos incluso más preocupantes en la zona como la masacre de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en Iguala o los 400 muertos durante los disturbios del Caracazo. Es importante subrayar que, mientras el gobierno de Maduro tiene serios problemas estructurales, una guerra civil supondría un auténtico desastre, no solo para Venezuela, sino para toda la región.


[1] Común a la historia de estos países fue la existencia de hombres fuertes que realizaban reestructuraciones económicas desde arriba. En el caso de Irán con la “Revolución blanca” del Shah, en Venezuela el caso de los proyectos de modernización de Pérez Jiménez y en Libia con la renegociación de las clausulas petrolíferas con Gaddafi. En estos casos, estas reformas se hacían siempre a expensas de alguien. Es tremendamente ilustrativo el caso del Shah y de Pérez Jiménez ya que ambos favorecieron más a las élites urbanas de Teherán y Caracas en detrimento a los potentados rurales. En ambos casos, el marco de la industrialización nacional tendría una notable presencia de dirigismo, lo que generaría tensiones dentro del ámbito económico entre los diferentes sectores económicos y el Estado. Este favorecimiento de un sector poblacional sobre el otro contribuiría a engrasar la maquinaria de resistencia que acabaría con ambos regímenes.

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