La balanza de pagos y sus crisis a través del caso de Turquía

Autor: Marcos Sánchez Muriel

Nota: este artículo fue escrito originalmente en otoño de 2018.

Qué es la balanza de pagos

Lo que está pasando en Argentina y Turquía es una crisis típica de balanza de pagos como las hemos visto ya montones de veces en países en desarrollo, especialmente desde los 80. La balanza de pagos es el conjunto de relaciones económicas de un país con el resto del mundo. Es decir, exportaciones, importaciones y capital que entra y sale, fundamentalmente (en realidad, alguna cosa más, pero podemos ignorarla).

Para entender este tipo de crisis, tenemos que saber cómo funcionan estas relaciones económicas internacionales. Empecemos por lo más básico. Un país necesita importar diversos productos del resto del mundo, y es capaz de obtenerlos a cambio de sus exportaciones. Esta es la base de una balanza de pagos saneada y equilibrada. Ahora bien ¿qué pasa cuando el valor de las importaciones es superior al de las exportaciones (déficit comercial)? ¿Cómo consigue ese país pagar por las importaciones? La respuesta es que el resto del mundo le está prestando dinero, está entrando capital en el país de un modo u otro.

Bueno, en realidad la cosa no funciona exactamente así por dos motivos. Primero porque, como sabemos, el comercio internacional no se lleva a cabo mediante truque, sino con moneda. De hecho, varias monedas, pues se trata de comercio entre países con distinta moneda. Y, segundo, porque el comercio internacional lo llevan a cabo una multitud de empresas, no los estados como entidades monolíticas. Y cada una de esas empresas toma sus decisiones pensando en sus intereses y no en el efecto global de sus transacciones sobre la balanza de pagos nacional, el tipo de cambio de su moneda etc.

Desarrollemos el primer punto, que es el que tiene más miga: la moneda. De hecho, las crisis de balanza de pagos se denominan también crisis cambiarias, porque se caracterizan por una devaluación pronunciada de la moneda local. Lo fundamental es entender cómo funciona el tipo de cambio, es decir, cuánto vale una moneda al cambio con otras monedas. Para ello, lo mejor es pensar que una moneda es como cualquier otro bien: si la demanda de una moneda aumenta, su precio sube, si la demanda disminuye, su precio baja. Así, cada vez que un país exporta, su moneda tiende a apreciarse; cada vez que importa, su moneda tiende a devaluarse. Cuando una empresa exporta, el comprador extranjero tiene que cambiar su moneda por la moneda local para pagar su compra. Otra opción es que la empresa exportadora, para facilitarle las cosas al comprador extranjero, le venda el producto en moneda extranjera, pero, después, la empresa exportadora cambiará esa moneda extranjera por la moneda de su país de origen, que es la que usa mayoritariamente en sus operaciones. Estos detalles nos dan igual, hay fórmulas más enrevesadas y menos enrevesadas, el caso es que se está comprando moneda local, lo que aumenta su valor. Y con las importaciones sucede justo lo contrario. 

Otro tanto ocurre con los movimientos de capital: cada vez que algún extranjero invierte en el país, presta o compra deuda del país, la moneda se aprecia. Es decir, la entrada de capital constituye también un aumento de la demanda de la moneda local, y la salida de capital una disminución, lo que afecta de manera acorde a la valuación de la moneda.

Ahora el segundo punto. Desde un punto de vista global, habíamos dicho que un país obtiene sus importaciones a cambio de exportaciones, pero lo que en realidad está ocurriendo es que por un lado una empresa importa y paga en moneda (y hay de por medio cambio de una moneda por otra) y, por otro, otra empresa exporta y cobra en moneda. Y lo mismo con los flujos de capitales. Habíamos dicho que la entrada de capital permite pagar por las importaciones deficitarias, pero, desde luego, los inversores o prestamistas extranjeros no introducen capital en un país para financiar sus importaciones, sino porque esperan obtener beneficios. Sin embargo, en su dimensión global, la entrada de capital permite mantener el valor de la moneda que, de otro modo, se devaluaría como consecuencia del déficit comercial.

Bien, esto es lo básico que hay que saber. Ahora continuaré el artículo siguiendo el caso de Turquía para que sea mucho más interesante e ilustrativo. Prestemos atención a lo fácil que es ahora entender una típica crisis de balanza de pagos.

Desde que salió de su última crisis de balanza de pagos en 2001, Turquía había obtenido lo que a primera vista parecían unos resultados económicos bastante buenos. El crecimiento había sido muy robusto e incluso la deuda del gobierno se había reducido constantemente, de casi un 80% del PIB en 2001 a menos del 30% en los últimos años.

Sin embargo, el déficit comercial era masivo; el volumen de importaciones era enorme y muy superior al de exportaciones. En circunstancias normales, esta dinámica provocaría una devaluación de la lira (moneda turca) que encarecería las importaciones y abarataría las exportaciones, lo cual tendería a restablecer el equilibrio de la balanza comercial.

Pero aquí llega el capital a hacer su magia. Durante estos años, el capital extranjero ha estado entrando a raudales en Turquía; de hecho, ha sido el motor que ha impulsado la economía. ¿Y en qué se ha empleado este capital? ¿En inversiones que permitan aumentar la capacidad tecnológica y productiva del país? ¿En crear quizás la economía verde y sostenible del mañana? Pues lo cierto es que una gran parte ha terminado en la construcción, frecuentemente en obras pantagruélicas de muy dudosa sensatez económica (¿os suena de algo españoles? Para otro artículo hablaré de la crisis española, que tiene algunas similitudes, pero dentro del euro y la UE todo se vuelve mucho más complicado y kafkiano).

Hay que tener en cuenta que, una vez el capital entra, circula por toda la economía, inflando a su paso el precio de los activos (inmobiliarios, bolsa…), de los salarios y engrosando la recaudación del gobierno. Y nadie es consciente de que ese dinero es prestado y, peor aún, prestado de fuera: el fulano de a pie ve que gana más, el fulano con un capitalito ve que su patrimonio aumenta de valor, el gobierno recauda más…

El capital puede entrar de varias formas. Puede entrar como inversión, en forma de acciones y compra de empresas nacionales. O puede entrar como deuda, bien en forma de préstamos bancarios o de venta de bonos de deuda, ya sean públicos (del gobierno turco) o corporativos (de empresas turcas). Un punto crucial es si la deuda está denominada en moneda extranjera o local. Muchos inversores, como es lógico desde su punto de vista codicioso, recelan de lo lindo a la hora de prestar o comprar bonos de deuda en moneda de países emergentes, pues estos países suelen experimentar devaluación e inflación cada dos por tres, de modo que el prestamista o comprador del bono se puede encontrar con que le han devuelto todas las liras que estipulaba el contrato, pero esas liras valen ahora mucho menos debido a la inflación o devaluación. Por este motivo, es mucho más fácil obtener financiación si la deuda está denominada en dólares o euros, que tienen un valor estable.

En última instancia, todo el capital que entra tiene que volver a salir en algún momento: las deudas tienen que devolverse y las inversiones generan rendimientos que los inversores se llevan a su casa. En caso de que el capital extranjero se haya invertido en aumentar las capacidades tecnológicas y productivas del país, especialmente en sectores exportadores, en principio el endeudamiento sería sostenible. Luego en la práctica los bandazos procíclicos, rebañiles, del capital internacional te pueden tumbar incluso una economía cabal y pujante (véase crisis asiática de 1997).

Turquía continuó durante unos cuantos años esta dinámica insostenible de déficit comercial y entrada de capital hasta que llega un punto en que todo revienta, y ese punto es el presente. Suele haber un detonante que inicia la crisis, por ejemplo: un aumento en los tipos de interés globales acaba con la época de dinero fácil y dificulta refinanciar la deuda, inestabilidad política, Erdogan poniendo de ministro de economía a su yerno…

Entonces ocurre un parón repentino (de hecho, estas crisis también se llaman de “sudden-stop”) en la entrada de capital. No solo eso, sino que los inversores salen por patas de Turquía y venden sus activos. Como la entrada de capital era lo que permitía mantener el valor de la lira a pesar del déficit comercial, una reversión en el flujo del capital desploma la moneda. La devaluación, además, generará inflación: como las importaciones se encarecen de forma muy pronunciada, el precio de todo lo que involucre de un modo u otro material importado también subirá.  Después la economía empieza a desmoronarse: las deudas que las empresas han contraído en dólares se vuelven impagables (ahora valen mucho más al cambio), las quiebras se suceden y los bancos acumulan préstamos que no se van a devolver. Considérense además los círculos viciosos.

Llegado este punto, la situación tiene ya mal arreglo. El gobierno tiene varias herramientas aquí. Antes de nada, el Banco Central (en teoría, el Banco Central es “políticamente independiente”, así que, en teoría, no debemos identificar gobierno y autoridad monetaria, en teoría) habrá acumulado en la época de bonanza un stock importante de moneda extranjeras. A esto se le llama reservas internacionales. Para frenar el desplome de la lira, el Banco Central vende dólares y compra liras, aumentando así su demanda y su precio al cambio. Pero esto solo sirve para ganar tiempo -que no es poco- mientras no se resuelvan los desequilibrios subyacentes.

(Nota: se suele decir así, “vender dólares”, pero no es que el BC tenga un almacén lleno hasta los topes de billetes; las reservas internacionales se acumulan en forma de activos denominados en dólares (u otra moneda extranjera) muy líquidos (se pueden comprar y vender muy rápido y fácil) y seguros. El activo de reserva por excelencia es el bono de deuda del gobierno americano.)

Aparte de ganar tiempo, lo que el gobierno puede hacer es subir los tipos de interés, llamar al FMI y, oh, dios no lo quiera (desde el punto de vista de los inversores), imponer controles de capital temporales. Son opciones bastante desalentadoras. Del FMI más vale que ni hablemos. Subir los tipos de interés es la recomendación estándar, dado contribuye a atraer el capital, que busca obtener el máximo interés, lo que frena la caída de la moneda. Además, la inflación rampante que acompaña estas crisis erosiona el interés real (si el interés nominal es del 5%, pero “la vida” sube 10%, el interés real obtenido es del -5%). Sin embargo, ninguna merienda sale gratis, y subir los tipos de interés tiene otros efectos desagradables. Por definición, ralentiza la economía, pues se prestará menos y por ende se gastará menos, lo que contribuirá a poner la economía en recesión si es que no lo está ya. Además, dificultará la refinanciación de la deuda a las empresas que ya van con el agua al cuello. Y, al final, el principal factor para que los inversores inviertan en un país son las perspectivas de crecimiento. Cabe plantearse, entonces, la conveniencia de la subida de los tipos de interés, ya que solo sirve para atraer capitales calientes, cortoplacistas y especulativos, al tiempo que produce efectos negativos a medio y largo plazo.

Argentina decidió subir los tipos de interés por las nubes para intentar mantener al capital. Turquía ha decidido no subirlos o apenas, para no frenar más la economía. A ambos les va mal.

La otra opción es imponer controles de capital temporales. Esto significa que se prohíbe o restringe fuertemente la salida de capital. ¿Cuál creéis que será la opinión de los inversores respecto a los controles de capital? No les gusta un pelo, y atenta contra los principios de libertad individual y libre mercado sobre los que se fundamenta nuestra próspera y liberal civilización y blablablá.

Desde luego, es cierto que los inversores se lo pensarán dos veces antes de volver a meter dinero en un país con un historial de imposición de controles de capital; quieren tener la retirada cubierta. Por ello se suele recomendar hablar a los inversores de forma muy suave y reconfortante, darles muchas palmaditas en la espalda e incluso rascarles la barriga si se ponen panza arriba, mientras se les asegura que es solo una cosa temporal y que luego todo va a volver a ser como cuando éramos novios, etc.

El control de capitales se ha empleado con bastante éxito en numerosas crisis de este tipo, como hicieron Malaysia y Corea del Sur en 1998. Eso no ahorra un ajuste doloroso, pero a diferencia de los ajustes con el sello del FMI, se puede hacer de forma no suicida reduciendo las importaciones, acabando con los sectores burbujísticos, especulativos y despilfarradores, limitando el nepotismo a, cuanto menos, los familiares de segundo grado y muchas más cosas en las que no vamos a entrar.

En suma, los controles de capital no son el fin del mundo. Durante la Edad Dorada del Capitalismo (1945-1973), denominada así por sus excepcionales resultados a nivel global, los controles de capitales eran la norma, no algo temporal, y hubo muchas menos crisis de balanza de pagos. Muchos países exitosos, como Japón. Capital nacional por los riesgos que entrañan los vaivenes del capital extranjero. A pesar de que el capital nacional es muy limitado en los países en desarrollo. Es decir, idealmente lo óptimo es que hubiera flujos de inversión de los países ricos a los pobres. China hoy: se habla mucho de las bondades de la inversión extranjera, pero esta regulada y atada en corto por el gobierno, prohibiciones, restricciones, controles de capital.

Como las crisis de balanza de pagos son muy chungas, lo mejor es evitarlas. Lo que no sé es cómo pretende el neoliberalismo que las evitamos. No se pueden poner aranceles a la importación, ni ningún otro tipo de restricción, de modo que el gobierno no puede limitar una importación excesiva. No se puede manipular la moneda para abaratar las exportaciones y encarecer las importaciones. No se puede intervenir para promover la exportación. No se pueden poner controles de capital, ni a la entrada durante la borrachera, ni a la salida durante la resaca, ni aunque sean temporales.

Hemos visto que la balanza de pagos depende de millones de transacciones llevadas a cabo por agentes individuales que forzosamente no tienen en mente los efectos despreciables de su transacción sobre la balanza de pagos nacional. El único agente con capacidad de actuar pensando en la balanza de pagos es el Estado. Es cierto que el mercado tiene un mecanismo de ajuste, que ya hemos visto: si aumentan las importaciones por encima de las exportaciones, la moneda se devalúa, encareciendo las primeras y abaratando las segundas, lo que facilita un retorno al equilibrio (y para rematar a los neoliberales no les gustan las monedas que se devalúan). Dejando de lado que quizá ese equilibrio se alcance en el nivel de desabastecimiento de alimento y medicinas, o que por poco que valga la moneda nacional quizá el país no consiga competir en la economía global, encima tenemos al capital internacional haciendo cosas locas y procíclicas, lo que enmascara el desequilibrio de la balanza comercial, impide un ajuste paulatino y en su lugar se produce un “ajuste” caótico y desastroso varios años más tarde.

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