El sinsentido de los argumentos liberales en contra de la intervención de los alquileres

El mercado de la vivienda no es tan sencillo como oferta y demanda

Autor: Marcos Sánchez Muriel

El aumento disparatado de los precios de alquiler, especialmente en las grandes ciudades, es uno de las grandes problemas sociales de nuestro tiempo.

Economistas liberales como Juan Ramón Rallo sostienen que la solución está, cómo no, en dejar que el mercado haga su magia. Se trataría de una sencilla cuestión de oferta y demanda:

“Los precios de cualquier producto son el resultado de la interacción de su oferta y de su demanda. Cuando la demanda sube y la oferta permanece constante, los precios se encarecen; asimismo, cuando la oferta se reduce y la demanda permanece constante, los precios también aumentan. Al final, pues, los precios se incrementan cuando la demanda se expande en relación a la oferta.

Los alquileres son un precio más…” Artículo aquí

No es que todo esto no sea cierto en líneas generales, pero hay muchos puntos que matizar. En primer lugar, los alquileres no son un precio más. Cuando aumenta la demanda de zapatos o de trigo, es relativamente fácil aumentar la producción para ajustar la oferta al aumento de demanda. La vivienda en los núcleos urbanos que concentran las oportunidades laborales, en cambio, no funciona del mismo modo: no puedes fabricar más espacio en Madrid, hecho crucial que hace que la vivienda sea un bien esencialmente escaso y para el que el ajuste de la oferta a la demanda presenta enormes dificultades.

Juan Ramón Rallo se queja de las restricciones a la construcción de vivienda. Hay que ver caso por caso qué restricciones son adecuadas y cuáles no, pero de entrada es obvio que muchas de estas restricciones son necesarias y positivas. Por ejemplo, si nos empeñamos, podríamos tirar la Plaza Mayor de Madrid y construir rascacielos residenciales, y lo mismo podría hacerse en Malasaña o en cualquier otra zona. Por motivos evidentes, todo esto nos parece una barbaridad. Se puede argumentar, no obstante, que en determinadas zonas sí que sería conveniente edificar a grandes alturas, y no me opongo por principio a ello.

Por supuesto, puedes aumentar la oferta de vivienda en el extrarradio y en el extraextrarradio (sitios como Toledo y más allá), pero ya te estás plantando en unas distancias, tiempos y costes de transporte al trabajo realmente abrumadores. Se alivia un poco la situación, pero no es una solución.

Sin duda se trata de un problema complejo, hay una demanda muy elevada y dificultades intrínsecas a la expansión de la oferta. En tales circunstancias, como bien señala Rallo, si se restringen los precios, terminará habiendo racionamiento por algún otro medio. Tiene toda la razón, pero lo que hemos de cuestionarnos es que el precio sea la forma socialmente más justa de racionar un bien de primera necesidad como es la vivienda. Cuando el racionamiento se ejecuta a través del precio está muy claro lo que pasa: los ricos acceden a él y a los pobres les dan la patada y les expulsan primero a Getafe, y luego a Valdemoro, a Toledo, al polvo a la sombra y a la nada.

Así que mira qué bonito, elevas el precio y así no tienes esas desagradables imágenes de colas y racionamiento que transportan nuestra mente de inmediato a Venezuela y demás historias de horror del comunismo. Simplemente los pobres no pueden ni soñar con acceder a ese bien y se acabaron las colas.

Pensemos que pasara algo similar con la comida: vienen varios años de desastres en las cosechas y la demanda supera a la oferta. ¿Dejamos que el mercado ajuste precios? Los ricos gastan más en comida, que pueden, y los pobres se mueren de hambre. Las cartillas de racionamiento son mil veces mejor. En conclusión: Los mecanismos de mercado solo funcionan en una franja de relativa abundancia (y relativa escasez).

Juan Ramón Rallo está en contra de las medidas que limitan el lucro de los propietarios, porque tenderán a desincentivar la expansión de la oferta. En un mercado competitivo perfecto, no estaría del todo mal esta idea, pero tenemos que tener muy claro que estamos ante un bien escaso y que presenta grandes dificultades a la hora de expandir la oferta. En tales circunstancias, los propietarios obtienen unos beneficios excesivos, puesto que controlan una oferta limitada ante una demanda desbordante; es algo similar a un monopolio. En jerga económica, hablamos de renta en el peor sentido de la palabra, es decir, unas ganancias excesivas en relación a la utilidad social que se está aportando. Teniendo esto en cuenta, se ve de inmediato que las restricciones a los precios del alquiler no son descabelladas en absoluto.

Pero, es más, aunque dejando los precios subir se aumentará la oferta (que ya hemos visto que no, porque hay obstáculos intrínsecos a la expansión de la oferta), nos daría un poco igual. Actualmente un piso familiar en Malasaña puede costar fácilmente 1500 euros. El salario mediano español (cuando nos enfrentamos a problemas distribucionales la mediana suele ser un indicador más apropiado, puesto que los ultrarricos inflan la media) es de poco más de 1400 euros al mes. Pues ya está, las clases populares no pueden ni soñar con vivir en Madrid, especialmente si se plantean formar una familia. ¿Qué más nos da que este fuera el nivel de precios que el sector privado encontrara suculento para decidirse aumentar la oferta? Ya estamos hablando de un mercado reservado a las clases más pudientes. Hay que olvidarse cuanto antes de la idea de que el mercado vaya a proporcionar vivienda a un precio accesible para las clases populares.

En consecuencia, las administraciones públicas deben actuar. Controlar los precios del alquiler es una buena idea, pero, como bien señala Rallo, no va a solucionar el problema de fondo: una demanda que desborda a la oferta (y yo añado, como he repetido varias veces a lo largo de este artículo: dificultades intrínsecas para expandir la oferta). Pero conseguimos que, con la vivienda que ya existe, los propietarios ganen menos, las personas humildes tengan alguna oportunidad de acceder a esas viviendas, y que los inquilinos conserven una mayor porción de su sueldo, que emplearán, en gran medida, en consumir, lo que estimulará la economía, a diferencia de las rentas de ricos y fondos de inversión, que se ahorran en el sector financiero e inmobiliario (es decir, compra de activos financieros e inmobiliarios y más alza de precios) o, peor aún, se sacan del país.

En segundo lugar, una política de vivienda pública  (https://jacobinmag.com/2018/11/beautiful-public-housing-red-vienna-social-housing). En la gran migración urbana en a mediados del siglo XX, se construyeron ingentes cantidades de vivienda pública. Aquí siguen, con el cartelito de la falange y todo. Eran feas, cutres, mal aisladas y todo lo que tú quieras (habría muchas críticas que hacer al urbanismo chapucero y anárquico de España), pero superaban a las chabolas y a la solución que hubiera podido aportar el mercado en aquel contexto de necesidad acuciante de vivienda.

Por último, y más complicado aún, una política territorial que acabe con el profundo desequilibrio y polarización entre una España vaciada (tendencia que ya afecta significativamente también a las ciudades de tamaño medio que vertebraban demográficamente España) y una España congestionada y aglomerada en torno a Madrid, Barcelona y algún enclave más.

En fin, no pretendo haber resuelto el problema de la vivienda, que es extremadamente complejo. Soy consciente de no haber dado más que unas muy generales pinceladas a propósito de las soluciones, pero espero haber ayudado a enmarcar el problema desde una perspectiva más adecuada y cabal.

Un comentario en “El sinsentido de los argumentos liberales en contra de la intervención de los alquileres

  1. Hay enormes cantidades de terreno potencialmente edificable a menos de 25km del centro. La solución es dejar que edifiquen con observancia a reglas para que allí se viva igual que en Getafe. No como en las urbanizaciones fantasma conocidas. Lo que no debe hacerse es lo facil: expropiar al que tiene 2 para quitarle 1. Rallo tiene bastante más razón que la que aparece aquí.

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