Por qué Estados Unidos sigue dominando la economía mundial

Autor: Marcos Sánchez Muriel

En este artículo, una nueva entrega de mi viejo TFG, ofreceré una visión general del papel que Estados Unidos juega en la economía globalizada contemporánea, lo que aporta una pieza fundamental para la comprensión de la realidad económica en la que se ha producido el aumento de la desigualdad y contribuye a completar, explicar y en ocasiones corregir los datos nacionales.

Las gráficas 3 y 4 muestran el crecimiento de ingresos por percentiles de la población mundial y permiten situar la dinámica de la desigualdad nacional en el contexto global. El grupo cuyos ingresos se ha estancado (en torno al percentil 80) se corresponde con las clases trabajadoras de los países ricos, entre ellos Estados Unidos, que han quedado descolgadas de los canales del crecimiento global. En cambio, la élite económica mundial (un concepto que solo capturan tangencialmente estas dos gráficas, pues el 1% mundial es un grupo demasiado amplio), que a su vez está dominada por ciudadanos estadounidenses (Starrs, 2013), ha sido la gran beneficiaria de la globalización.

Hay dos sectores que han tenido un especial protagonismo en el aumento reciente de la desigualdad en Estados Unidos: la alta tecnología y las finanzas. Ambos son sectores intensamente globalizados, el primero a través de su participación y, de hecho, liderazgo, en las cadenas globales de valor, y Wall Street al erigirse como centro financiero global que atrae los capitales o ahorros de todo el mundo. El aumento de ingresos en estos sectores es responsable del grueso del aumento de la desigualdad nacional (Milanovic, 2016, p. 115). Es decir, la élite económica estadounidense es una élite global.

En efecto, el capital norteamericano tiene una posición dominante en la economía mundial. Sean Starrs (2013) estudia el ranking de Forbes de las 2000 mayores corporaciones del mundo clasificadas según un indicador compuesto por cuatro factores: activos, valor de mercado, ventas y beneficios, y divididas en 25 sectores. Starrs calcula por sectores el porcentaje de beneficios que obtienen las corporaciones de cada país. El predominio de Estados Unidos es abrumador. Sus corporaciones lideran en porcentaje de beneficios en 18 de los 25 sectores, en varios de ellos con más del 50%. Su dominio es especialmente sólido en tecnología avanzada: aeroespacial y defensa (67%), software y hardware (74%), equipo y servicios médicos (84%); y en servicios financieros (53%).

La nacionalidad de las corporaciones se asigna atendiendo a su sede central. Existe un debate acerca de si se puede considerar que las corporaciones transnacionales globalizadas tienen nacionalidad. A todos los efectos que nos interesan, las corporaciones transnacionales son corporaciones nacionales con operaciones internacionales. La toma de decisiones se lleva a cabo en las oficinas centrales, con los puestos directivos ocupados mayoritariamente por nacionales, al igual que el consejo de administración. Los beneficios de las filiales internacionales son repatriados al país de origen. Los activos y las operaciones más valiosas, como las instalaciones de I+D principales, se encuentran en el país de origen. Los centros de investigación deslocalizados, a pesar de que suelen ser muy anunciados, llevan a cabo una labor bastante secundaria. Por último, la relación de las corporaciones con el Estado de su país de origen suele tener una importancia crucial, como veremos más adelante. Es más, es frecuente que los gobiernos, incluido el de EEUU, detenga las adquisiciones de empresas nacionales por parte de empresas extranjeras, especialmente en el ámbito de la tecnología avanzada (Ahrens, 2013 pp. 29-30; Amsden, 2007, pp. 142-145; Starrs, 2014, cáp 2; Dedrick, Kraemer y Linden, 2011).

Queda por examinar un punto crucial: la estructura de propiedad de las corporaciones. Aquí, de nuevo, encontramos una gran asimetría entre las corporaciones americanas y las del resto del mundo. En las americanas, los nacionales son los accionistas mayoritarios, cómodamente por encima del 80%, según estimaciones (Starrs, 2013). El grueso de los beneficios y de los salarios elevados de las corporaciones americanas, que dominan globalmente, recae sobre ciudadanos americanos.

Las corporaciones del resto del mundo presentan grados variables de propiedad nacional, pero tienen en común, con pocas excepciones (China y empresas estatales) la relevancia del accionariado americano (ibíd.). Por tanto, al dominio de las corporaciones norteamericanas se suma el hecho de que los estadounidenses son propietarios de las corporaciones del resto del mundo en una proporción muy superior a la propiedad extranjera de sus corporaciones. Y, en una última vuelta de tuerca, los ahorros que consiguen acumular los países extranjeros, se invierten desproporcionadamente en dólares y a través de Wall Street (Varoufakis, 2011; Starrs, 2014, cáp 1, II).

He empleado expresiones que pueden resultar un tanto vagas como capital norteamericano o clase capitalista, con las que me refiero en general a los grupos en una posición privilegiada de control y remuneración dentro del proceso económico. Este uso parece ignorar la distinción entre ingresos del trabajo e ingresos del capital que tanto interés académico ha suscitado. Para los propósitos de este trabajo, sin embargo, esta distinción no tiene tanta importancia como podría parecer en un principio. En primer lugar, en la economía actual, y especialmente en sectores como las finanzas y la alta tecnología, la distinción entre ingresos del trabajo y del capital es bastante borrosa y arbitraria (Starrs, 2014, p. 253; Galbraith, 2012, pp. 49-50; Varoufakis, 2014, p. 20). En segundo lugar, tras varias décadas de pronunciada reducción del tipo impositivo máximo sobre los ingresos del trabajo, el grueso de los salarios elevados, en lugar de pagarse en forma de impuestos, se acumula, se invierte y se hereda. Las familias ricas, además, suelen invertir en una educación de élite para sus hijos, que es la clave para acceder a un salario elevado. Se forman así dinastías en las que sus miembros concentran tanto los altos ingresos del capital como los altos salarios (Milanovic, 2016, pp. 184-187; Atkinson y Lakner, 2013).

Bibliografía

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