El coronavirus está causando disrupción en las Cadenas de Valor Globales ¿Qué son y cómo funcionan estas complejas estructuras que articulan la economía mundial?

Autor: Marcos Sánchez Muriel

Según la UNCTAD, la epidemia de coronavirus ha causado ya 50 mil millones de dólares en pérdidas de exportaciones en las Cadenas de Valor Globales. En este artículo, reciclado una vez más de mi TFG, explico qué son y cómo funcionan estas estructuras de producción.

La forma de organización productiva característica de la economía globalizada son las cadenas de valor globales (CGV). Se trata de estructuras complejas y altamente jerarquizadas en las que el proceso productivo se divide en varios segmentos o módulos repartidos entre varios países y varias corporaciones. Las empresas, más que especializarse en la fabricación de un producto, se especializan en uno o unos pocos segmentos del proceso de fabricación.

Al frente de una cadena de valor global  se encuentra la corporación cabecera, que se especializa en las actividades de más alto valor añadido: investigación, diseño y desarrollo, marketing, y gestión y coordinación de la propia cadena de suministros. Las actividades de menor valor añadido se externalizan a través de redes de contratación y subcontratación, de forma que los recursos se puedan concentrar en las actividades de mayor rendimiento. Por debajo de la corporación cabecera y en función del sector, encontraremos un número variable de estratos, desde proveedores de componentes tecnológicos sofisticados, de notable valor añadido, hasta talleres clandestinos al final de las cadenas de subcontratación.

Las CGV no son en absoluto una parte marginal de la economía. Se estima que 1 de cada 5 empleos en el mundo está relacionado directa o indirectamente con ellas, (Phillips, 2017, p. 431) y que aproximadamente el 80% (UNCTAD, 2013) del comercio mundial, ya sea  interempresa o intraempresa, ocurre en su seno. Hay que tener en cuenta, no obstante, que las CGV redefinen el concepto mismo de comercio: lo que antes era la mera transferencia de productos intermedios de un departamento a otro de la misma corporación en un mismo país, ahora son desplazamientos transfronterizos y con frecuencia intraempresa (que representan un 60% del comercio mundial (Palan, Murphy & Chavagneux, 2010, p. 18)), y por tanto se contabilizan como comercio internacional.

Las actividades del estrato superior se caracterizan por ser muy intensivas en el uso de capital, aplicado sobre todo a la tecnología avanzada y el conocimiento, y por contar con una fuerza laboral poco numerosa pero de muy alta cualificación. Las enormes inversiones de capital requeridas ponen altas barreras a la entrada de nuevos competidores, por lo que los mercados en este segmento están muy concentrados en unas pocas corporaciones enormes por cada sector industrial y la competencia es, por ende, imperfecta y limitada, con características de oligopolio y/o oligopsonio (Phillips, 2017; Starrs, 2014, p. 24), lo que permite a las corporaciones cabecera obtener márgenes de beneficio extraordinariamente amplios. Este segmento está dominado por corporaciones de países ricos y avanzados tecnológicamente, en particular Estados Unidos.

En los estratos inferiores de la cadena, como el ensamblado final, la situación es la opuesta. Son actividades de bajo valor añadido, intensivas en el uso de trabajo no cualificado, fácilmente replicables y que no requieren grandes inversiones de capital. En consecuencia, estos mercados están saturados y la competencia es feroz. Dado que son actividades fácilmente replicables, la competitividad se basa sobre todo en la reducción de costes (Phillips, 2017; Starrs, 2014, p. 23). La búsqueda de bajos costes dará lugar a  la deslocalización de estas actividades hacia países pobres. Los márgenes de beneficios en este segmento son exiguos, hasta el punto de comprometer con frecuencia la viabilidad de estas empresas. Entre estos dos extremos, encontramos situaciones intermedias.

La segmentación de la producción a través de la subcontratación permite a las corporaciones cabecera ejercer un gran poder de mercado, explotar las desigualdades globales y someter a los contratistas y proveedores a una intensa competición por reducir costes, lo que socava sus márgenes de beneficio e impone una fuerte presión a la baja sobre los salarios y las condiciones de los trabajadores.

Es más, con la subcontratación, las corporaciones cabecera consiguen también transferir riesgos y costes hacia los estratos inferiores. Las actividades manufactureras, a diferencia de las nucleares, están sometidas a una gran volatilidad cíclica, con picos y bajadas bruscas de demanda. Gestionar esta volatilidad es difícil, costoso y arriesgado. Tener en propiedad una planta de fabricación implica unos costes laborales y de mantenimiento fijos que en los periodos de baja actividad aportan un bajo rendimiento y en los picos de demanda son insuficientes. Reducir los costes fijos implica una menor capacidad de atender los picos de demanda y, viceversa, aumentar la capacidad productiva aumenta los costes fijos. Con la subcontratación, la corporación cabecera se beneficia de una cadena de suministros altamente flexible. Para los contratistas, esta flexibilidad implica una gran volatilidad. Para los trabajadores, precariedad y temporalidad (Lee, 2016).

En conjunto, las CGV permiten a las corporaciones cabecera maximizar el valor capturado a expensas de los estratos inferiores. Es una forma de organización industrial que favorece la desigualdad y la concentración de los beneficios (Phillips, 2017).

Comparemos este modelo de producción modular transnacional con el anterior. Antes, la presión competitiva no se aplicaba por segmentos, pues la corporación principal llevaba a cabo directamente la práctica totalidad del proceso de producción, que formaba un bloque compacto. Pensemos en los años 50 y 60 para que el contraste sea más marcado. Junto a sus actividades nucleares, es decir, las de alto valor añadido, una empresa debía también ocuparse de otras tareas más periféricas como la manufactura o el ensamblado final, que son intensivas en el uso de trabajo. Los empleados se reclutaban de un mercado laboral que rozaba permanentemente el pleno empleo (Baker, 2016, pp. 42-43), cobraban salarios americanos, se regían por la legislación laboral americana y por los estándares de una empresa importante y prestigiosa, más vulnerable de cara a la opinión pública y a la lucha sindical. Las corporaciones tenían en propiedad las plantas de montaje y estaban ancladas a estos segmentos de la producción, lo que situaba a los obreros en una posición mucho más favorable a la hora de negociar. Por ejemplo, su capacidad disruptiva en caso de huelga era mucho mayor.

Consideremos como ilustración el caso de Apple y el iPhone, muy estudiado. Apple se especializa en actividades de alto valor añadido: I+D (principalmente software y diseño), marketing, servicio al cliente y gestión de la cadena de suministros, pero no fabrica sus productos. Las decenas de componentes electrónicos que contiene un iPhone son fabricados y diseñados por proveedores de diversos países (sobre todo de Asia Oriental) de acuerdo con las especificaciones de Apple, que coordina la integración de todos estos componentes en la arquitectura general del producto. El ensamblado final lo lleva a cabo una empresa taiwanesa, Hon Hai Precision Industry (a través de su subsidiaria Foxconn), en fábricas situadas en la China continental (Kraemer, Linden & Daedrick, 2011).

Apple ejerce un gran poder de mercado sobre toda la cadena. Como los proveedores son numerosos, puede cambiar de forma relativamente rápida y fácil de uno a otro, lo que los obliga a competir agresivamente reduciendo costes para obtener los contratos. Los compradores gigantescos como Apple, en cambio, son solo unos pocos. Como resultado, muchos de los proveedores o contratistas tienen una marcada relación de dependencia con la corporación compradora. Hon Hai, por ejemplo, obtiene más de la mitad de sus beneficios a través de sus contratos con Apple (Starrs, 2014, p. 292). No son infrecuentes, incluso, los contratistas que fabrican para una sola marca. Como consecuencia de este gran poder de mercado, Apple es capaz de capturar la mayor parte del valor del iPhone y disfruta de márgenes de beneficios muy superiores a los del resto de empresas de la cadena.

Se calcula que un 58.5% del precio de cada iPhone vendido corresponde a beneficios brutos de Apple, mientras que los beneficios combinados de todos los proveedores y contratistas suman tan solo un 14.5% (Kraemer et al., 2011), es decir, las empresas que fabrican y diseñan (en gran medida) todos los componentes y ensamblan el producto final obtienen cuatro veces menos beneficios que Apple, que lleva a cabo las citadas actividades de alto valor añadido. Si en vez de examinar el reparto del valor del iPhone examinamos los márgenes que las empresas del sector electrónico en su conjunto obtienen con sus respectivos productos (por ejemplo, para Apple el iPhone, entre otros; para Samsung las memorias Flash que vende a Apple, entre otros, y así sucesivamente con el resto de empresas y productos), el 58.5% que Apple obtiene con el iPhone sigue estando muy por encima del margen mediano de la industria, 28,6%, o el medio, 32% (Dedrick et al., 2008, p. 9, nota 7).

En un principio, Apple externalizó el ensamblado con la empresa estadounidense SCI Systems, con plantas en Estados Unidos (Sturgeon, 2002). El deterioro de los márgenes de beneficios, unido a la bajada de la demanda con la recesión de 2001, puso a SCI en una posición financiera comprometida, y finalmente fue adquirida por otra empresa. En pocos años, el ensamblado de Apple se había trasladado prácticamente por completo a China. Es evidente que los actores de un sector basado en la reducción de costes y la flexibilidad-precariedad que operen en Estados Unidos tendrían muchas dificultades para competir con los salarios y los estándares laborales, fiscales (favorables para atraer la inversión extranjera en las Zonas Económicas Especiales) o ambientales chinos. La externalización es, por tanto, paralela a la deslocalización.

En conclusión, la globalización ha supuesto una renegociación de los términos de la producción en favor del capital de alta tecnología y mayoritariamente americano, con respecto al capital manufacturero y a los trabajadores sin alta cualificación. Obsérvese la asimetría en las fuerzas que rigen la globalización: mientras en los estratos inferiores de la cadena, es decir, los trabajadores y el capital manufacturero, la ampliación de la competición a escala global, con una fuerza laboral que se ha duplicado en pocos años con la liberalización y la caída del comunismo (Phillips, 2017, p. 438), ejerce una intensa presión a la baja sobre salarios y beneficios, en los estratos superiores de la cadena de valor prevalecen las fuerzas de concentración del capital, las subvenciones y el apoyo estatal (como veremos a continuación) y las elevadas barreras de entrada para los nuevos competidores.

Los sectores de alta tecnología y alto valor añadido en los que se especializa Estados Unidos constituyen hoy núcleos de prosperidad en gran medida aislados del resto de la economía doméstica, mucho más que en épocas pasadas. No solo la segmentación les permite capturar la parte del león del valor y reducir al mínimo la porción que distribuyen hacia estratos inferiores de la producción, con los que antes formaban un bloque compacto, sino que, en la medida reducida en que distribuyen, lo hacen a lo largo de cadenas transnacionales, a despecho de la economía doméstica. Es decir, la integración económica, por lo que respecta a la producción, se lleva a cabo actualmente a través de las CGV, no a través de las economías nacionales.

El aumento de la competencia global ha ejercido presión a la baja sobre los salarios de las clases trabajadoras estadounidenses, que en muchos sectores manufactureros han sido completamente desplazados por las importaciones baratas de países más pobres. Estos trabajadores se ven abocados a migrar a un sector servicios cada vez más saturado.

En suma, los estados son hoy unidades económicas mucho menos cohesionadas; se puede hablar de una economía dual, con un sector tecnológico de altos salarios y beneficios, y un sector de bajos salarios saturado (Temin, 2016).

BIBLIOGRAFÍA

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